Sexto sentido o Intuición

Puede que la llames ‘corazonada’ o bien que pienses en ella como un ‘sexto sentido’. Pero, la llamemos como la llamemos, nadie ignora el valor de la intuición, esa alerta interna que nos ayuda a evitar algunos peligros o a dar con soluciones difíciles de encontrar.

 La intuición es, según la Real Academia Española, «la facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento». Intuición empieza por «in», que quiere decir «hacia dentro». Es decir, que para intuir hay que hacer algo muy sencillo: escuchar hacia dentro, o sea, escucharse. Por ello, quienes desean desarrollar su capacidad intuitiva hacen ejercicios de introspección y de auto escucha: meditación u otras prácticas de aislamiento silencioso. Dice la sabiduría popular hindú que el silencio es la elocuencia del corazón. Para intuir hay que callar y dejar el cuerpo en ese estado de quietud que permite descifrar sensaciones efímeras e inefables.

El intelecto de las personas tiene, por definición, un único recurso para intentar comprender la realidad externa: la razón. Por ello repite, una y otra vez, los mismos mecanismos. La razón fija creencias, saca conclusiones, compara y sopesa para, en el mejor de los casos, discutir la realidad, reemplazando lo percibido por una versión mejorada, por una interpretación.

El concepto de intuición suscita como un don mágico, algo al alcance de algún privilegiado. No es así, la intuición está relacionada con la experiencia práctica o conocimiento tácito y se contrapone al conocimiento explicito que se refiere a datos objetivos. La percepción es el primer conocimiento de una cosa por medio de las impresiones que comunican los sentidos. Es la sensación de una idea que puede estar relacionada con la intuición, pero no necesariamente lo está, es muy probable que solo sea una creencia. Esta creencia puede buscarla el cerebro para sustituir la falta de un conocimiento. Ortega y Gasset decía: las ideas se tienen y en las creencias se está. Algo así como: las ideas salen del conocimiento y la intuición, algo tangible, y en las creencias se está porque el cerebro rellena un vacío para complementar esa carencia.

Todos hemos experimentado alguna ráfaga de comprensión instantánea o intuitiva, pero también hemos desestimado otras, ya que le concedemos mucha más credibilidad a la lógica. Por eso, la intuición habla con una vocecita muy apagada en nuestro interior.

Los expertos afirman que todos somos capaces de ser intuitivos, basta con desarrollar esa capacidad, o bien, activarla, para lo cual recomiendan algunas actividades para despertar nuestra percepción a hechos que solemos restarle importancia por la vía de la razón, siguiendo los siguientes pasos:

Conocerse mejor. En estado de relajación, tratar de ser consciente de las impresiones que se reciben a través de los sentidos, es decir, lo que se huele, se toca, se prueba con el gusto, se ve y se oye.

Modificar la rutina. Hacer las cosas en otro orden, a un ritmo distinto, poniendo especial atención en cómo se siente al experimentar los cambios; es un hecho que volveremos la cabeza a circunstancias que la misma rutina han dejado que pasen desapercibidas y que pueden tener mucho qué decir sobre nuestro ser.

Jugar a adivinar. Anticípese a hechos sencillos, por ejemplo, cuántos correos electrónicos voy a recibir hoy, sin preocuparse demasiado por la respuesta. De mayor importancia a lo primero que venga a su mente y posteriormente compárelo con el resultado real; tal vez se sorprenda de lo que vea.

Dé valor a sus sueños. Los sueños son una fuente de información de primer orden, para poder comprender la intuición, ya que en ellos es donde esta capacidad humana se desarrolla mejor. Lleve un recuento diario de sus sueños, o lo que recuerde de ellos, y observe que cuanta más atención preste a sus contenidos subconscientes, más tienden a manifestarse.

La intuición no responde al procesamiento de información racional, pero da conocimiento y guía para tomar decisiones. Todos somos capaces de ser intuitivos.

Como dice Antoine de Saint-Exupéry en su dedicatoria de El principito, “todas las personas grandes han sido antes niños. Pero pocas lo recuerdan”.

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